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“Guasón”, histórica “comícula” libre del tufo fantasioso y de los superhéroes anodinos

Hoy en día, la industria del celuloide se ha concentrado en rodar tantas historias provenientes del comic, con finanzas tan astronómicas, que las casas productoras ya empiezan a sacrificar la verosimilitud o calidad del argumento, para enfocarlo en el abrupto éxito monetario. Debido al furor masivo de los fanáticos de estos “cuentos de acción” estadunidenses, Hollywood halló una nueva mina de oro, que amenaza con llevar a la fosa común al cine convencional; los relatos humanos, los relatos modestos y los dramas sociales, empiezan a ser desplazados como lo hace el reguetón con la música pop convencional.

Han sido más de cien películas con bombazos taquilleros entre DC Comics y Marvel, entre otros, que se podría hablar de un nuevo género: la comícula. ¿Y cuál es la característica de una “comícula”? Es un filme basado en comics de superhéroes con historias de fantasía, que ha llegado para quedarse toda la vida, ya que es la manera más explícita para convertir diez millones de dólares en quinientos, es decir: el boom matón.

Sin embargo, en medio de estas empalagosas comículas, “Joker (Guasón)” (EU, 2019) de Tod Phillips, quien aparte de dirigirlo, lo escribió en colaboración con Scott Silver, hoy hace historia, porque es la primera vez que no se incluyen personajes con super poderes, ni con capacidades sobrehumanas, ni con alguna suerte de característica superdotada.  Es más, ni siquiera hay un ápice de petulancia o retahíla de diálogos perfeccionistas o escenas pulcras, ni nada que se le parezca.  La fantasía está totalmente borrada de esta película. La edición y la anécdota son muy simples, hasta el protagonista es más que ordinario, es un ser vulnerable al extremo de la demencia, con su propia enfermedad y su evidente retraso mental, y nada que ver este “Guasón” con sus anteriores interpretaciones.

A “Guasón” lo han construido a partir de filmes como, “The Dark Knight  (Batman, el caballero oscuro)” (Reino Unido-EU, 2008) de Christopher Nolan, donde el mítico Heath Ledger le imprimió esa fuerza de personalidad al villano, aunque él lo marcó muy frío, desalmado y sanguinario, cual psicópata infalible –muy seguro de sí mismo e inverosímil- por lo tanto se creó un ser acartonado, que aunado a las escenas efectistas, produjeron sólo un filme entretenido, pero palomero nada más. Y se considera que se retomó un poco de “Suicide Squad (Escuadrón Suicida)” (David Ayer, EU, 2016), donde Jared Leto dibujó un “Joker” muy apegado a los comics, ya netamente botado de la realidad, con sus patologías internas, pero en una película más que demencial, fantasiosa y siniestra. Atractiva sólo para los fanáticos del cine violento, comercial y facilón.

Con tales antecedentes, ahora sí, Phillips retomó su propia versión a partir del comic original y las dos cintas mencionadas, para elucubrar toda una historia radicalmente diferente, en una tónica social, lúgubre, y sórdida. Pero desprendiéndola del aire oscuro o gótico, incluso la Ciudad Gótica ya no lo parece, y más bien se retratan situaciones cuasi naturalistas ubicadas en la Nueva York de los años setentas. Se aprecia la cara urbana-marginal del profundo Estados Unidos, con toda la crudeza, sus alusiones a las huelgas y disturbios reales en aquellos años, por trabajadores y luchadores civiles.

Podríamos asegurar que se trata de cine de arte, que no tiene nada que ver con una comícula, si no es porque tiene un final abierto, que busca su continuación hacia una nueva versión de “Batman”, ya que el niño que termina huérfano es Bruce Wayne, hijo del político millonario Thomas, la alusión natural al famoso hombre murciélago. Aunque dicho cierre en nada distorsiona la estructura, ni afecta, ni descompone la verosimilitud. Quizás si el argumento hubiera sacrificado esas imperceptibles trazas de DC Comics, incluyendo el gran problema de Black Power contra los WASP, en lugar del choque entre ricos y pobres; y si hubiera intercambiado ese choque de clases que se observa en la película, por afroamericanos discriminados por su color o ser discapacitados como Arthur Fleck –el “Guasón”– (enfermo de epilepsia gelástica o risa involuntaria) peleando contra el odio supremacista, entonces tendríamos como resultado un verdadero filme de culto.

Pero fuera de ése hipotético ideal, “Joker (Guasón)” (Todd Phillips, EU, 2019) mantiene su congruencia sociológica, muy lejana de la fantochería fantasiosa o de los cuadros hiperviolentos. Mantiene el ritmo de la tensión dramática, que es de fina sobriedad. No por nada esta obra ya ganó el premio de mejor filme en el Festival de Venecia, y muy seguramente ganará varios Óscares, por su actuación principal, su edición, su banda sonora, su guión adaptado, su diseño de arte, etc. que de ser así, provocaría más relevancia histórica, ya que sería la primer comícula en obtener Óscares que no sean por rubros tecnológicos, y por ello sería una entrega histórica el próximo 2020.

Aunque probablemente, este trabajo de Phillips decepcionará a la fanaticada de los “Avengers” o “Batman”, pero será aclamada por la crítica, quedará como la rara avis del universo de los comics. Muy seguramente marcará un parteaguas dentro del Séptimo Arte, que gente consagrada sin ánimo de lucro querrá imitar, o celebridades que se hayan cansado de forrarse las millonadas de dólares como el mismo Todd Phillips que en su trilogía de comedias negras “The Hangover (¿Qué pasó ayer?)” (Estados Unidos, 2009, 2011, 2013) recaudó unos 800 millones de billetes verdes, en ganancias netas.

Mientras tanto, la saga inminente de este “Guasón” se antoja prácticamente imposible, ya que la sola idea de que se viene “Batman” con todo y su parafernalia a lo James Bond dará fin y sepultura al Arthur Fleck de carne y hueso, para inventar un villano infalible y pretensioso. Encima que el personaje ya dio todo lo que tenía que expresar, ya no hay razón de ser ni secuela que le justifique. Pasaría igual que “Rambo” (Ted Kotcheff, EU-Canadá, 1982) y su serie de bodrios que le sucedieron. Así que el buen cinéfilo tendrá que aprovechar este momento histórico en el cine, que será recordado como el día en que una comícula fue cine de a pie, que fue cine de verdad.

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